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2.27.2012

NO VÍ LA LUZ


Una de las cosas que más me machacaron en los primeros años de bellas artes es que TODO dependía de la luz. Nuestra percepción del color, el volumen y el espacio, estaban ligadas a la comprensión del comportamiento de la luz sobre los objetos. Yo que en realidad había decidido estudiar bellas artes porque dibujar era lo único que hacia más o menos bien, eso de pintar se me hacía cuesta arriba y tenia que repetirme mentalmente todas las mañanas al mirar al modelo: volumen = luz, sombra, contraluz, o también: volumen = cálido, neutro, frío. Entonces, por formación, te empiezas a volver obsesivo y a fijarte en todo. Tanto me costó ver el volumen de los objetos que cuando lo vi por primera vez el mundo se transformó completamente para mí, la vida se volvió en 3D.  

Ahora que poder ver el volumen, el color y toda esa cosa no implicaba que me fuera a transformar en un buen pintor. Eso ya era otra cosa, algo que los profesores nunca te aseguraban que lograrías. No eras como SonGoku que cuando logra ver los veloces movimientos de su adversario ya es capaz de esquivarlo y hacerse más fuerte. La realidad es más caprichosa y por la facultad no me cansaba de oír a cierto profesor decir que a veces ocurrían cosas milagrosas, como que de la noche a la mañana la mano cambia y ya: adquieres el toque del maestro.

A mi lo de la luz me jodió. Principalmente porque Lima, donde viví hasta los 22 años, tiene una luz de mierda. O mejor dicho, no tiene luz ninguna más de la que se filtra por la espesa capa de nubes que cubre la ciudad prácticamente todo el año. No existe la sombra en Lima. El volumen, el color, todas esas cosas que nos enseñaban en la facultad, tenias que inventártelas de tal manera que los profesores no se den cuenta. Pero aun no estaba jodido realmente. La luz que me jodió de verdad fue la de Valencia. Ya saben: esa luminosidad mediterránea que te ciega los ojos, haciendo que lo veas todo clarito. No había nada que inventar. Todo estaba ahí, listo para copiarse.

Por suerte para mí, cuando llegué a Valencia la pintura ya no se encontraba entre mis objetivos vitales. Me dedicaba a estar todo el día frente al ordenador manipulando códigos html, actionscripts y otros lenguajes ahora obsoletos. O sea que había pasado de quemarme la vista intentando ver el volumen en el rostro del modelo a quemármela con la luminosidad de las 17 pulgadas de mi monitor. Porque, lo tenia clarísimo, eso de pintar o grabar (porque había sido grabador, de esos que están todo el día con su planchita de zinc sumergiéndola en ácidos) ha pasado a la historia. Yo había cruzado el charco para ejercitar, "iluminar", el cerebro con nuevos conceptos. Y como siempre he sido muy aplicado, más allá de las notas mediocres que siempre me acompañaron, y hasta muy listillo, ahí estaba yo con los textos de Foucault, de J.M. Bea, de Derrida, y sobre todo de Deleuze y que si el rizoma y que si el ser la abeja y que el cuerpo sin órganos, que si devenir por aquí y devenir por allá. Pero sobre todo estaba eso de la imagen-tiempo y la imagen-moviemiento, textos que hasta ahora no llego a entender pero que me dejó todo trastocado cuando me di cuenta que me dirigía hacía la gran pasión: el cine y el cine era, más allá de 24 fotogramas por segundo, más allá de la anécdota, maldita sea, era luz.

Y estas son cosas de esas que uno nunca va a poder escapar, por más que intentes no pensar en ellas o evadirlas centrando la importancia de la vida en otras relaciones, como las sociales por ejemplo, o como hice yo, centrando mis estudios en otro tema: el tiempo (ya lo dije: 24 fotogramas por segundo). Así es como caigo en el libro de Paul Virilio "Estética de la Desaparición" (Virilio también era un poeta) y en la fatalidad:
Agnès Varda dijo acerca de su film La Felicidad: "Pensé en los impresionistas porque en sus lienzos hay una luminosidad que corresponde a una cierta definición de la felicidad... Si de verdad hay drama, ha sido provocado por el deseo de felicidad llevado a su extremo." Podría resumirse la fórmula de Varda reemplazando simplemente la palabra "felicidad" por "luminosidad", lo que daría una definición más explícita."Si de verdad hay drama, ha sido provocado por el deseo de luminosidad llevado a su extremo."

(Paul Virilio, Estética de la desaparición, Anagrama, 1998, página 82)

Pensar jode.
Tiempo después de que Virilio me sentenciara, sin querer, claro (porque todavía dudo haber comprendido algo de todo esto), me propuse hacer una "novela gráfica" acerca de perder cosas, la felicidad entre ellas. Por suerte, o por desgracia, no llega a realizarse debido a que no dispongo de suficiente tiempo libre como para dedicarme a ella: tengo un trabajo de 40 horas a la semana, intento ingenuamente hacer un doctorado y se me presenta la oportunidad de exponer (dibujo, que quede claro que la pintura ya no por ahora), el tiempo que puedo dedicarle al cómic se reduce paulatinamente hasta que finalmente desaparece.

Esta segunda versión de esa historia acerca de perder cosas (o de abandonarlas), lleva procesándose desde marzo del 2010, más o menos. Si es usted avispado y se da cuenta la frecuencia con la que actualizo mi web o este blog, se podrá dar cuenta de la velocidad con la que produzco páginas. Hay mañanas que en el trabajo voy calculando mentalmente cuanto tengo que dibujar y con qué frecuencia, para tener el álbum listo como para el Salón de Cómic de Barcelona, por ejemplo. Una página al día, cuatro páginas a la semana, diez páginas al mes.

Siempre vuelvo al tema de la luz pero de manera menos poética: en bombillas de bajo consumo. Intentar comprender el comportamiento de la luz para terminar quedante ciego por trabajar de noche y no precisamente de una manera "genial" como lo pintores que trabajaban a luz de vela, sino porque es el único momento libre del que se dispone. Noche si, noche no.

La cotidianidad puede contra todo pensamiento. Esa fue la conclusión a la que llegué cuando abandoné el doctorado.

Hay que trabajar y hay que hacerlo de noche. Esto no me hace sentir demasiado bien ya que, a pesar de que me guste trabajar de noche, la mayor parte del tiempo prefiero ver una película (esa luz en 24 fotogramas por segundo) que dibujar, entonces vuelvo a otra de esas estúpidas manías que se me pegaron de los primeros años de bellas artes cuando los profesores no paraban de repetir, como capitalistas de la estética: hay que producir y producir y producir, es decir: pintar, pintar y pintar hasta que la mano haga clic! y ya, consigues por una vez pintar bien. Ser un maestro.


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